Perdido en Gabón

Según comenta Gulliver, el blog de la revista The Economist,

Un canadiense ha demandado a Lufthansa para C 86,000 dólares (84.000 dólares), alegando que la compañía aérea alemana le trasladó al país africano, por error, en marzo. Dice que le dejaron  “abandonado” durante tres días en Libreville, Gabón, en vez de ser llevado a su destino correcto, Kinshasa, en el Congo. Alega que esto le causó angustia mental. Está pidiendo C $ 76.000 en daños generales y C $ 10,000 por “ingresos perdidos” por la confusión. Se vio detenido por la policía y encarcelado por un día porque no tenía un visado de entrada a Gabón.

Ni Gabón ni el vecino Congo  son excelentes lugares para visitar en marzo. El clima es cálido, húmedo y los prolíficos mosquitos ciertamente hacer sentir su presencia.

Esta corta viñeta del Economist me recordó mi propia experiencia cuando llegué a Libreville, camino a Franceville, mi destinación en  el interior de Gabón. Salí de Nueva York con pasaje solamente de ida a Gabón y USD $ 100 para los gastos de viaje. Así es como lo cuento en “Historia de un Legionario irlandés”, narrando mis experiencias con el Padre Maciel y los Legionarios de Cristo:

Caía una lluvia ligera cuando bajé del avión y seguí a los demás pasajeros a través de la pista, hacia el deslucido edificio de la terminal.
En la fila de migraciones, con mi pasaporte irlandés preparado y abierto, noté la presencia de soldados en ropa de camuflaje, de pie en parejas y ametralladora en mano. El nudo en mi estómago se intensificó. Por lógica sabía que no había nada que temer, pero los soldados me trajeron a la memoria el término “gatillo fácil”. Las pocas personas blancas entre el grupo de pasajeros recién llegados parecían fuera de lugar en el mar de africanos de piel oscura. Me puse a revolver distraídamente mis pertenencias, para no llamar la atención.
El idioma francés, ya de por sí poco familiar, sumado a un dialecto incomprensible, me hacía sentir aún más incómodo. A pesar de hablar fluidamente el español y el italiano, la idea de tener que hablar en francés durante este nuevo período de mi vida no me resultaba agradable.
Mientras esperaba para entregar mis papeles al aburrido oficial de migraciones, temía que los guardias terminaran metiéndome en prisión por algún estúpido error de pronunciación del francés.

“Bon jour!” dije mientras me acercaba al escritorio. El oficial de migraciones no sonrió ni me devolvió el saludo. Extendió la mano hacia mi pasaporte y lo miró mecánicamente.
“¿Visa de trabajo?”
“No” respondí cautelosamente, “no tengo visa de trabajo”.
“Muéstreme su billete de vuelta” dijo.
Había llegado a Libreville con un billete de sólo ida. Aparentemente, esto era un problema.
“Me está esperando el Obispo Católico de Franceville”. Esperaba que este argumento tuviera algo de peso, pero el pequeño y delgado burócrata no pareció impresionado.
“El Cónsul de la Embajada de Gabón en Washington D.C. me dijo que no necesitaba visa” proseguí, comenzando a alarmarme.
Me miró inexpresivamente.
“Soy un sacerdote católico”, agregué sin convicción.

El menudo oficial, impasible, hizo señas a un par de soldados. Les entregó mi pasaporte y dijo algo que no entendí. Los soldados me escoltaron a una pequeña oficina en la zona de llegadas.
“Siéntese y espere”, indicaron. Cerraron la puerta con llave desde afuera; a través de la ventana de vidrio yo los veía sentados en las desvencijadas sillas de madera, con las ametralladoras sobre el regazo y conversando tranquilamente. No tenía idea de lo que iba a pasarme, pero algo estaba claro: mi elocuencia y encanto irlandeses, que me habían salvado tantas otras veces, no parecían surtir efecto en Gabón.

En aquel momento, nunca pensé en demandar a cualquier persona – no es que hubiera ganado – pero la mía era una mentalidad muy diferente. Pero todavía siento algo de empatía con el hombre en la historia Economista cuando le encarcelaron por un día en el aeropuerto de Libreville. Yo, por supuesto, me quedé en Gabón mucho más tiempo que él….

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