Los yates y lanchas de las marinas cercanas, nos permitían vislumbrar fugazmente un estilo de vida completamente ajeno a nuestra vida de seminaristas Legionarios.

Acabo de encontrar un breve video sobre las vacaciones de los Legionarios de Cristo en Roma. Proporciona imágenes para unos párrafos que escribí en “Historia de un Legionario de Cristo irlandés: de como encontró su corazón y casi perdió su razón.” Describo como los seminaristas Legionarios de Cristo en Roma pasábamos nuestras dos semanas de vacaciones de verano, en un pequeño pueblo al sur de Nápoles, en Italia.  A juzgar por el video, no ha cambiado mucho – excepto en mi tiempo no llevábamos mochilas y, desde luego, no teníamos acceso a tablas de vela. Gracias a la producción de David Murray el video me trajo gratos recuerdos y emociones encontradas.  Sin duda ayuda a responder a la pregunta: ¿qué hacen los Legionarios de Cristo (en Roma) durante sus vacaciones de verano?

El verano en Monticchio incluía dos semanas de “vacaciones”, que pasábamos dedicados a una intensa actividad física. La mayoría de los días salíamos en grupos de tres o cuatro de excursión a una bahía cercana, a la que no se podía llegar por carretera. Para llegar allí había que caminar alrededor de una hora. Bajábamos por un sendero empinado, atravesábamos un pequeño olivar y llegábamos a la orilla del mar. El regreso de subida después de un largo día nadando en el mar era agotador.

La bahía era prácticamente inaccesible por tierra, de modo que teníamos todo el lugar para nosotros. La costa era empinada y rocosa, sin playa. Una gran plataforma de concreto, restos de una antigua estructura, nos servía de base para nadar y zambullirnos. Las aguas azules del Mediterráneo eran siempre maravillosas. A veces pasaban yates y lanchas de las marinas cercanas, que nos permitían vislumbrar fugazmente un estilo de vida completamente ajeno a nuestra vida de seminario.

Otras veces caminábamos hasta los pueblos cercanos, disfrutando del magnífico escenario del Mediterráneo. Uno de los destinos más aventureros era el pueblo de Positano, un lugar hermoso protegido de los vientos del Norte por las montañas Lattari. El trayecto de regreso era de unos 20 km, lo que significaba que debíamos correr la mayor parte del camino y nos quedaba muy poco tiempo para comer nuestros emparedados y recorrer el pueblo. La estructura de Positano es antigua y muy bella. Está construido en capas sobre la superficie de la roca. Las pequeñas casas encaramadas una sobre otra, tan características de la región, son el eterno tema de muchas fotografías. Los colores son intensos y las construcciones blancas crean el telón de fondo perfecto para los brillantes geranios y demás flores que adornan los muros y jardines. Los aromas también son característicos; el cuero utilizado para fabricar sandalias, el olor que sale de los restaurantes y el ajetreo de la vida de todos los días. Pero no teníamos tiempo de hacer turismo, porque sin importar cuán lejos llegáramos caminando o corriendo, teníamos que regresar a la residencia a la hora obligada. Por la gran distancia, caminar hasta Positano y regresar a tiempo era toda una hazaña.

 

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